DELFINA (LA CARTA)
2015
«Mi padre era mucho de la CNT. Trabajaba en la fábrica de Moreda. No era minero, pero fue el mayor luchador por los mineros. Ayudar al que no tiene, librar de la muerte y de la prisión a mucha gente y, sobre todo, ayudar a los pobres, a los mineros, era la pasión de mi padre. Los mineros eran, entonces, esclavos, y tenían que ganar la vida en las entrañas de la tierra con muy pocos beneficios. Estaban muy mal pagados y él luchaba mucho por ellos.«Les cortaron las orejas vivos».
Eso relata con voz firme esta gijonesa de 89 años en esta pieza audiovisual.
En su caso, con la denuncia como bandera, porque ‘Delfina (La carta)’ personifica el objetivo de este grupo de creadores, que no es otro que «denunciar mediante su práctica artística». Como bien recoge Iván de la Nuez en su libro ‘Inundaciones. Del Muro a Guantánamo: invasiones artísticas en las fronteras políticas’, el arte toma la palabra: «Como la política está cada vez más alejada de la vida, el más reciente arte político asume, entonces, el deber de acercarse a ella por cualquier camino. El arte con la vida».
Porque, aunque los artistas del grupo de Sala pertenecen y viven en países reconocidos en democracia, «se llama la atención sobre el hecho de que eso no es garantía de ningún bienestar o derecho fundamental». Y que, independientemente de la latitud, «las cuestiones sociales o culturales quedan relegadas a un segundo plano. Aquello que prevalece es siempre en defensa de la riqueza de unos pocos y del aglutinamiento del poder en pequeñas esferas».
La historia de Delfina prosigue en uno de esos viajes, cuando Andrés Avelino Sala se embarca en el mercante ‘Galerna’, cuya vida útil al servicio de la República duró muy poco, porque el 15 de octubre, mientras viajaba durante la noche, fue interceptado por una flotilla de bous nacionales y apresado y conducido al puerto de Pasajes.
Ese fue el final:«A los hombres los llevaron a dar  un paseo del que nunca más volvieron. Yhay un tal ‘Antoñico’, guardia civil, que les corta las orejas, vivos, con la nariz pegada a la pared. Así lo ponía la carta. Ya le llegará la hora a ese monstruo con tricornio». Eso ponía. «Ymás nunca volvimos a saber de él».